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Estilos masculinos del siglo XXI

Por : Carlos Diaz

En la publicidad tradicional de occidente, principalmente en Estados Unidos y Europa occidental, dominaba—según Carlos Lomas— un estereotipo masculino caracterizado por aspectos como: valor, fuerza, dominio, autocontrol de las pasiones, autonomía, sentido del deber y heterosexualidad. A nivel corporal, este mostraba al cuerpo del hombre como resultado de su interacción, a través del trabajo o la guerra, con la naturaleza o los espacios abiertos, en los cuales se ponían a prueba su fuerza física.

La generación millennial presenció el último suspiro de este estilo masculino en su estado puro a través del televisor. Por ejemplo, en los famosos comerciales de la marca Marlboro con su icónico Marlboro Man. Sí, aquel cowboy de treinta o cuarenta años, blanco, alto, sano, que dominaba las praderas. O bien, otra marca de cigarros, Camel, quien utilizaba imágenes de hombres adultos, rubios, velludos y exploradores que desafiaban la naturaleza estando en localidades africanas.

Más adelante, en los noventa, vimos a un hombre publicitario que vinculaba su masculinidad al poder: como jefe en el trabajo y cabeza de la familia, así como por la pasión por el fútbol, los automóviles y las mujeres. Constituyendo con ello, un estereotipo de masculinidad que concebía al cuerpo como una herramienta, una máquina, la materialización de la fuerza.

No obstante, a finales del siglo XX y principios del siglo XXI, las agencias de publicidad comenzaron a exhibir, en revistas y comerciales de televisión, estilos masculinos que, al menos en la estética, crearon una ruptura visual, y de consumo, con esa masculinidad hegemónica tradicional.

Es cierto, antes del metrosexual existieron estilos masculinos refinados, como el dandy. Sin embargo, desde el siglo XXI, la belleza ha sido el anclaje para atraer al consumo, a los hombres en general. Amén de que se encuentran en un contexto diferente al de sus padres y abuelos.

Así—para el académico Juan Rey— a partir de los años sesenta, la imagen del hombre experimentó un cambio en su estética, es decir, corporalidad, vestimenta, peinado, etc., pues, se dio paso a un auge en los productos de cosmética masculinos y a una moda para caballeros mucho más libre, por así decirlo, en donde los colores, texturas y diseños se ofrecieron con gran variedad tanto a mujeres como a hombres, al tiempo que estos mostraron mayor preocupación por su aspecto físico. Para Lipovetsky significa que los sesenta marcan el punto de partida de la nueva promoción social de la belleza masculina.

Metrosexuales, Übersexuales, Retrosexuales, Hombres Betas, Vitasexuales, Tecnosexuales, Lumbersexuales, Spornosexuales y Fofisanos conforman el ecosistema actual de estilos masculinos, con los cuales la cultura pop pretende ofertar al hombre del siglo XXI; opciones alternas al estilo masculino tradicional, el cual excluye, en su práctica, el cuidado extremo del cuerpo y la parafernalia de la moda. De hecho, tales acciones eran consideradas femeninas y mal vista en los hombres.

La “democratización” de estilos masculinos en la actualidad es mercantilista, pues no producen estilos de masculinidades, sino de consumo. Las marcas multinacionales de la moda, primero, y de la cosmética, después, ven en los hombres contemporáneos, un filón comercial: lo analizan, lo catalogan como target, con el objeto de ofrecer, primero, un modelo a fin de orientar y ampliar su compra, y después, una nueva gama de productos que mitiguen su necesidad de un parámetro de masculinidad ante la caída del estilo de masculinidad tradicional.

El éxito comercial del metrosexual está relacionado con las relaciones que se establecen entre un modo de producción que busca el consumo, una sociedad que funciona como caldo de cultivo para consumidores y una cultura que satura a los individuos de imágenes, a partir de las cuales pretende definirlos. Estas representaciones pueden basarse en mitos, fantasías e ilusiones.

En las sociedades actuales, la belleza se alza como aspiración fundamental relacionada al éxito, que tiene lógica en una sociedad que se desarrolla bajo una dictadura de la imagen. La experiencia de ser bello, incluso a nivel aspiracional, adquiere mayor valor simbólico que el producto en sí, de tal manera que la industria de la moda, cosmética o de fragancias, envasan esta experiencia y la vende a un target que consume principalmente símbolos.

IG: @Carlos_adaz