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Vestir para contar historias

Vestir para contar historias: ¿Qué comunicamos con la ropa?

Por Carlos Díaz /  @carlos_adaz 

Ilustración : Shibo Chen

Uno de los axiomas básicos en los estudios sobre comunicación humana afirma que todo comunica. Todo. Incluso el silencio. En la cotidianidad, los individuos empleamos una infraestructura diversificada de medios y sistemas de signos para comunicar a otros, no sólo cómo percibimos el mundo en el que habitamos, también cómo nos auto percibimos en él. Uno de estos medios de comunicación, y a la vez sistema de signos, es la vestimenta. O lo que coloquialmente llamamos “ropa”.

Frente al espejo, durante el proceso de vestirnos, vemos un cuerpo desnudo. Un significante natural que devela un significado básico: Dicho cuerpo pertenece a un sujeto que puede ser hombre, mujer, intersexual o trans. Sin embargo, los cuerpos desnudos no son aceptados socialmente para su libre tránsito por las calles. Requerimos arropar nuestros cuerpos con prendas que lo oculten, a la vez que den cuenta de él.

De ahí que, al vestirnos, hablamos de nosotros. De nuestra identidad sexual y género. De nuestros oficios, aspiraciones y limitaciones. Contamos quienes somos y cómo queremos ser percibidos por los demás, qué nos diferencia de otros y qué nos hace parte de un grupo. E incluso, a través de nuestra vestimenta tomamos una posición ante temas de índole social o política. Por ejemplo, una chamarra con la leyenda “Mexico is the shit” en un contexto de tensión entre nuestro país y las políticas de migración del gobierno de Trump. O una camiseta blanca de una marca low cost como Bershka, Zara o Springfield con una inscripción feminista, que emula a la pieza de Dior con el slogan “We should all be feminist”.

Así, a través del ropaje de nuestros cuerpos contamos historias. Nuestra historia. De ahí la importancia de vestir. Aún cuando una parte del imaginario colectivo siga confiriendo a la vestimenta un carácter frívolo y banal. Olvidándose que la ropa, además de proteger al cuerpo desnudo de los agentes ambientales, también cumple una función estética que devela rasgos de la personalidad del individuo. De su carácter único e historia personal.

Cuando somos niños y niñas estamos supeditados a las referencias estilísticas y gustos personales de nuestros padres. Sin embargo, llegada la adolescencia, la vestimenta forma parte del complejo, y a veces doloroso, proceso que conlleva la búsqueda de nuestra identidad. Es, a través de la ropa, que nos independizamos del código familiar de vestir, nos diferenciamos de nuestros amigos o, en algunos casos, nos mimetizamos con ellos. De ahí que son los más jóvenes quienes, en su mayoría, atraviesan periodos de migración entre tendencias, estilos y subculturas urbanas. Aunque hay quienes, desde temprana edad, definen su adherencia a cierto estilo, prolongándolo a su vida adulta y adaptándolo de acuerdo con las exigencias del entorno.

No debemos olvidar que la ropa reafirma ideologías que hemos aceptado como verdad en nuestras vidas. Por ejemplo, a través de la limitación o auto prohibición de ciertos colores, prendas, texturas o diseños refirmamos nociones tradicionales de masculinidad o feminidad. Así, algunos hombres rehúsan portar prendas en color rosa o pasteles, cortes que puedan sugerir “feminidad” o accesorios que pongan en duda su virilidad. Mientras que algunas mujeres, por razones religiosas, no portan pantalones, dado que éstos se consideran “ropa para hombres”. Así, cada uno configura su guardarropa de acuerdo, más allá de los gustos, con ideas, discursos y prohibiciones que se encarnan en nuestros cuerpos a través de las prendas.

En los últimos años, ha surgido propuestas Gender-Neutral, con las cuales los (as) diseñadores (as) crean prendas capaz de ser portadas por hombres y mujeres, como manifestación de la inconformidad con el binarismo sexo-genérico impuesto a través de la ropa. Así, esos cuerpos se arropan con diseños que ponen en conflicto las lecturas tradicionales del género por parte de los (as) otros(as).

Por último, es importante señalar que la ropa también excluye. Las prendas cuentan historias personales de pobreza, descuido o rupturas, mismas que son usadas, por otros, para discriminar. Por ejemplo, cuando alguien, por razones varias, no cumple con el protocolo o código de vestimenta de un lugar, evento o grupo social es rechazado. Así, la vestimenta entra no sólo en un sistema de clase, también en relaciones de poder. Una persona “bien vestida” será tratada mejor que alguien “mal vestido”. Aún cuando ambas tenga el legítimo derecho de ser atendidos o considerados. Una persona “mal vestida” tendrá menor credibilidad, ante la justicia, en comparación con alguien “bien vestido”, aún cuando éste último sea el responsable.

La vestimenta de origen étnico, las cuales contrastan con la moda del o los grupos hegemónicos, son consideradas inferiores y, en algunos casos, motivo para las burlas. En México las prendas de los pueblos originarios no son consideradas parte de la moda nacional, al grado que los estudios y la industria de la moda hace una clara división entre ésta y la indumentaria indígena, salvo que ésta última sea intervenida por un diseñador, quien le da “toques” de modernidad, como si por ella misma implicaran retraso cultural. Un ejemplo de ello lo fue la exhibición: Indumentaria y moda en México. 1940 – 2015, presentada en 2016 en el Palacio de Cultura Banamex. En la cual, se hace una distinción entre diseño de moda y arte popular, en ésta última se engloba lo étnico.

Por tanto, vestir nunca es inocente. Cubrimos nuestros cuerpos desnudos para contar, tal vez las historias más importantes para nuestras vidas: las propias. Vestimos para diferenciarnos y pertenecer. Seleccionamos prendas que griten lo que somos o que guarden nuestros secretos. Empleamos los colores de las telas para resaltar nuestros atributos, pero también para esconder los defectos que nos avergüenzan. Vestimos para contar las historias que sólo pueden ser contadas a través de nuestros cuerpos.